Dos poemas de Alfredo León Barceló

12 diciembre, 2018 Poesía

 

 

 

 

toda la luz

 

toda la luz aparece y la sombras se esparcen

el hombre llega a verse las manos nuevamente

dentro del círculo ya nacido.

 

toda la luz estará frente al cordero y al dueño de la llave

que tiene en su cuerpo las marcas del hierro

porque ha sido golpeado y maldecido

porque ha sido llamado dentro de un grito antiguo

espectro contra el aire.

 

toda la luz danza sobre el cielo

cerca del hijo que rompió el gozo de la antigua uva

que multiplicó el alimento con la sangre del alma

y que golpeaba su voz con palabras irreconocibles

que abatió la mentirosa caricia de la mentira

porque esta carne que comen –les dijo-

ha sido del cielo antes

porque esta sangre que beben

ha sido de cuando el camino desconocido era tentado.

 

porque a lo sereno llega la luz

al suspiro calmo

al acoplado brote de la semilla

a la oscuridad y al hambre

a la visión de la carne y el canto del ave sobre el fuego

porque este pan que les alimenta             

alguna vez fue la sangre de mi padre    

y sus huesos iluminados.

 

toda la luz danza sobre el cielo

porque será conocida la historia del hijo

que flanqueada las estrellas

que será el maná sagrado en este sitio de tambores

y cruces agonizantes

que besará este corazón alerta y ruidoso.

 

 

 

ángel

 

hijo de la sombra y del polvo que soy

la eternidad me atrapa en las líneas de mi mano

quiero esconderme del miedo

pero a lo lejos los perros cantan.

 

no sufrirá la primera sombra la duda de mi origen

ni los rectos signos sobre mi corazón

recordando melancólicos aquelarres de sangre

superficies conocedoras de los huesos y los rituales

superficies talladas sin esencia y sin edad.

 

los dedos se adentran a los espejos

y resquebraja el temor tímido de la oscuridad

a lo lejos los perros cantan oraciones fúnebres

todo cae    no hay pasto alguno solo flores secas

dejando colores mortecinos en sus huecos.

 

la luz se adelanta    parpadea y flota

disipa miedos que irán a esconderse a las colinas

se queda quieta la sombra sobre los altos muros

y el fulgor estéril de la noche barre todo.

romance de la muerte presurosa

 

la muerte pergeña ilusiones concisas

la muerte te habla al oído las palabras repetidas

la miras a los ojos con miedo

tus recuerdos vacíos no te salvan del salto

luego la luz te roza la cara y te quedas detenido.

es alta la luz

es tímida la muerte y la besas tranquilo

dentro de ella se agitan las palomas oscuras de la tarde.

 

ahí está       

cerca de ella las flores se marchitan

detenida en el cerco

distante y precisa

con los ojos cerrados

ahí está

la dulce y eterna amada mía

que sigilosa afronta los umbrales debidos

toneladas de éter no verán un nuevo ciclo

y si todo se calmara un día?

y si todo lo que proviene de ella se nos hace duradero?

 

sus imágenes oníricas se derriten en la nada

todo se disuelve sin ocupar espacio

la muerte se sostiene en un sólo ángulo

el alma no es propia

no pertenece más que a eternas tierras llanas

rayos de creación bifurcando superficies

esencia conductora

su mano señala la apertura ficticia.

 

 

 – Nueva York, Estados Unidos –

 

 

Arte – Maurice Sapiro

 

 

 

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