Muerte inesperada/ Martin Muy Rivera

Muerte inesperada

Sin discusión alguna, la muerte es la única garantía individual irrefutable, y nunca sabemos cuándo llegará. Idealmente, uno debe morir después de los 75 años, y, por decirlo así, «mejor morir de nada que de algo». Lo idóneo sería morir anciano, durante el sueño, sin sufrimientos, ni enfermedades. Pero ello no siempre sucede. La gente puede vivir en agonía durante muchos años antes que el cuerpo decida que ya no puede consigo mismo.

En ocasiones, hacer cumplir esa garantía le toca a otra persona: el verdugo, el soldado, el pandillero o el accidente son los ejemplos clásicos. Pero, ¿qué hay con quienes amamos? ¿El amor nos puede matar? Sin rayar en el romanticismo, ni en el suicidio, todo parece indicar que sí. Una decepción muy fuerte, o el mismo fallecimiento de ese ser tan especial, pueden precipitar el fatal suceso que raramente cubren los medios de difusión. No he visto esquelas que digan «Murió de amor». En nuestros días, ello es algo de lo que muchos se ríen, hacen burla y lo consideran una reacción vergonzosa. ¡Qué corazón tan débil tienen los que mueren de amor!

Recapacitemos acerca de los hechos: en estos casos, el (o la) abandonado(a) siente desesperación y ansiedad extremas. Después de las separación se liberan primordialmente cuatro hormonas: oxitocina, epinefrina, norepinefrina y cortisol. La oxitocina, hormona del amor, en parte protege al corazón regenerando células cardíacas. Por un tiempo limitado contrarresta la ansiedad y crea la necesidad de reconectar con la gente y así evitar la soledad. Si no existe tal reconexión con la familia, o con los amigos, o, de perdida, con un psicólogo, continúa la producción de las otras hormonas mencionadas. La suma de epinefrina, norepinefrina y cortisol induce constricción de los vasos sanguíneos a todos niveles; las coronarias reducen su diámetro, el corazón no recibe sangre que lo alimente, y acontece la muerte, o al menos un infarto a este órgano.

Eso sucedió en el caso de Ninguno Sánchez González y su amada, Esperanza Vidarreal, ambos en sus cuarentas. Sea que los dos se hubiesen conocido desde la escuela primaria o tan solo seis meses antes, el hecho es que se conocieron y se unieron. Siempre hay una parte que quiere más. En este caso, Ninguno era el más amoroso y querendón. Cierto nefasto día, Esperanza deja a Ninguno. Puede haber sido una pelea inimaginable, o que Alguien Gutiérrez –quien llegó a la vida de Esperanza sin traer siquiera un ramo de flores, ni dirigirse a ella por su nombre– simplemente la llamó “Mujer.”

El hecho es que no hay fémina alguna que quiera a Ninguno. Todas quieren a Alguien por algo. ¿Quién habría podido querer en verdad a Ninguno? La respuesta es: Nadie
Solana. Cierto es que en algún punto se cruzaron sus caminos, pero, por azares del destino, Nadie y Ninguno nunca se conocieron. Ellos habrían formado en verdad la pareja perfecta. Por ello el alma de Ninguno vaga por la Tierra buscando a Nadie, mientras que Alguien vive feliz con su Esperanza.

Copyrigth. Martin Muy Rivera

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