Las Islas de San Juan

20 junio, 2018 Cuento y Relato

 

 

Por Dalia Maxum

 

Mi viaje a las islas de San Juan fue maravilloso, pero sobre todo muy ilustrativo de tres contrastes. El primero, el país que descubrió y exploró estas islas vs los países que ahora son sus dueños. El segundo, la composición sociodemográfica de sus residentes. Por último, el esfuerzo local por preservar su ecosistema vs el esfuerzo del resto del mundo por destruir los suyos.

La primera Isla por las que pasamos se llama Lopez Island. Sí, isla López. Mientras avanzaba el ferry aprendí de su historia. Fueron los españoles quienes la descubrieron. El nombre de “San Juan” fue dado a las islas por el explorador español Francisco de Eliza, quien trazó las islas en 1791, nombrándolos isla y archipiélago de San Juan. La expedición navegó bajo la autoridad del virrey de México, Juan Vicente de Güemes Padilla Horcasitas y Aguayo, segundo conde de Revillagigedo. Sería muy largo explicar cómo esos territorios pasaron al Reino Unido y luego a los Estados Unidos y no a la Nueva España. Pero resumiendo: después de lograr la independencia con el tratado de París, los Estados Unidos se expandieron hacia el oeste, ampliando sus fronteras siete veces, con dos grandes ajustes de fronteras; uno con cada una de las colonias del Reino Unido y España, y varias disputas territoriales más pequeñas.

La guerra del cerdo fue un enfrentamiento en 1859 entre los Estados Unidos y el Imperio Británico sobre la frontera entre la isla de Vancouver y el continente de américa del norte. Se le nombró así porque fue provocado por los disparos a un cerdo que se estaba comiendo los vegetales de un residente de las islas. El tratado de Oregon del 15 de junio de 1846 resolvió la disputa fronteriza dividiendo el territorio de Oregon y la Columbia Británica entre los Estados Unidos y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Hoy en día hay tours para enseñar el resto de las áreas militares de los ingleses.

Dejando la historia y pasando al segundo contraste, es de notar que la mayoría de la gente es blanca, al menos en Friday Harbor, una de las ciudades principales de las islas. El primer día no vi a nadie que no fuera blanco. Incluso la señora de la limpieza era caucásica, y no inmigrante de Europa del este o Rusia, sino estadounidense. Sé que suena políticamente incorrecto, pero es la verdad. Hay lugares donde la mayoría privilegiada es de una ascendencia, mientras que quienes se encargan de los bienes y servicios de otra, pero este no era el caso. La gente es muy amigable y amable, acostumbrada a recibir turistas todo el tiempo. Fue hasta mi tercer día que vi un poco más de diversidad. Esto es más sorprendente si se considera que el condado de King en Washington y la ciudad de Vancouver en Canadá son lugares con amplia diversidad.

 

 

El tercer contraste es acerca del medio ambiente. Las islas de San Juan reciben la mayor concentración de águilas calvas. Grandes garzas azules y numerosas aves playeras se encuentran a lo largo de la costa. En el invierno, las islas son el hogar de los cisnes de trompetista Canada Goose y otras aves acuáticas. Las islas son famosas por sus orcas residentes y las que visitan de forma temporal. La gente realmente quiere a las orcas, no sólo porque en representan gran parte de sus ingresos (pues son el principal atractivo turístico) sino porque la gente crece con la idea de proteger y preservar su medio ambiente. En la marina de Friday Harbor hay una escultura que rememora la filosofía de los indios americanos, de que en la tierra hay un balance muy delicado. Si no se respeta, afecta todo el espacio.

Por ejemplo, las orcas sólo comen salmón. Necesitan 300 libras al día y ahora sólo consumen 100 porque el salmón es también muy apreciado por otros animales y los humanos. Hay una campaña para cuidar los mantos acuíferos, pues el salmón crece y se reproduce en ciertas condiciones. Hay una relación directamente proporcional entre el crecimiento urbano y el decremento del salmón. Aunque las islas están muy protegidas, el agua, el salmón e incluso unas orcas vienen de otras latitudes. Las orcas son animales maravillosos y viven en familia. Se cuidan unos a otros. Fue la posibilidad de verlas, aunque sea de lejos, lo que más me motivó para emprender este viaje.

Cuando fuimos a Rocher Harbor había venaditos a nuestro alrededor. No se asustaban de que estuviéramos cerca porque saben que los humanos no les haríamos daño. Lo mismo pasó cuando desde el bote vimos borregos cimarrones y alces, que comían plácidamente mientras les tomábamos fotos. Eso es una señal clara de que saben que no somos una amenaza. Lo triste es que estas islas son un punto pequeño en este planeta, donde los animales cada día sufren más amenazas y vejaciones. Por eso aquí hay una campaña que dice: las abejas también necesitan abogados.

Hablando de contrastes, también vimos a un camello, muy cariñoso y simpático. ¿Un camello en esta isla? Sí, la vida está llena de contrastes. La moraleja de mi historia es esta: viajen, viajen mucho. Como decía Miguel de Unamuno: “el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando”.

 

 – Seattle, WA –

 

 

 

 

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