Ladridos de un perro/ Alejandro Arias V.

Ladridos de un perro
Y entonces Rick se quedó pasmado observando las paredes, con expresión de miedo en el rostro. Desde el techo bajaba infinidad de cucarachas, pero sólo él podía verlas. ¡Cálmate, imbécil! Tenía la frente empapada de sudor y un aspecto pálido. Me voy a morir, huevón, me voy a morir. En ese instante tropezó y cayó justo en medio de la habitación. El suelo estaba frío, pero él seguía viendo las cucarachas, que no estaban ahí.
No sabía qué más hacer. Sus ojos estaban completamente negros (nunca había visto ojos tan negros como los de Rick esa noche); tan negros como la oscuridad misma, como el silencio. Y luego empezó a proferir gritos. La pared permanecía inmóvil, al lado de la ventana, pero sus ojos veían que se agrietaba y que de ahí brotaban más cucarachas. Sus brazos sucumbieron al temblor del pánico, y allí mismo, en el suelo, soltó un corto suspiro, casi imperceptible, y su cabeza le pegó de seco al madero del piso.
Es probable que habría debido acudir inmediatamente al encuentro de algún médico, pero las primeras luces del amanecer empezaban a ingresar en la habitación a través de las delgadas y finas ranuras de la persiana, y desde luego, al subirla y abrir la ventana, el sol inundó de lágrimas mis ojos.
No había muchas personas en las calles, los autos apenas circulaban por los alrededores, y a mi espalda estaba el cuerpo de Rick tirado como un trapo húmedo de frío sudor sobre el piso. El detalle estaba en saber apreciar el momento, por más triste y desafortunado que fuese. La luz brillaba, mostrando un nuevo amanecer, el inicio de un nuevo día. Y en ese instante escuché los tímidos y suaves ronquidos de Rick, y los ladridos de un perro en la mañana.
Alejandro Arias V.

Originario de Perú, radica en Barcelona Argentina

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