La mano que mece tu cuna

14 marzo, 2018 Poesía

 

 

Es un día de calidez y confort matutino,

la algarabía tan infantil e inocente no presagia,

pero ya

vuelan las balas sibilantes por las sienes de los niños.

 

Atronadora es la trayectoria del metal y la pólvora

que impacta sobre sus pueriles carnes,

haciendo brotar

a borbotones ríos

ríos de sangre escarlata, de carmín y hollín.

 

Se retractan, como si no quisieran salir,

los pedacitos de muerte.

Cada una, es uno menos,

cada uno menos, es una más

otra más, familia,

sin las voces al fondo del pasillo,

de los zapatos que parecen de claqué.

 

Tintinean y resuenan, las cadenas y las puertas

que se cierran de golpe,

temblando a cada paso del hombre,

que fue empujando por

la posibilidad del buitre

de comer, otro día más,

a costa de la miseria ajena.

 

Recorren las mejillas las lágrimas

y el llanto se trata de ahogar,

pero las rodillas no son mudas,

y se escuchan como un sonajero que se agita.

 

Se televisa, una vez más la tragedia,

y lo abaten, o lo meten preso,

para qué

se arrepienta el convicto

mientras los suyos, acarician sus negros

negros metales, sus verdes,

verdes avaricias.

¡No volverán esos niños!

¡No volverán a sus aulas!

No volverán.

No.

Otros. Volverán.

 

En Mondragón, a 25 de febrero de 2018

Por Joseba Pérez Guerrero

 

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