Instinto materno/ Liliana Ruiz

Instinto materno
Me conmueve cuando un gato negro cruza en mi camino. No por el augurio de mala
suerte implícitamente atribuido a estos felinos, sino porque me recuerdan al primer
gato que tuve. Su primera dueña se había negado a venderlo, y mi padre pagó un
peso por él. Ello debido a una creencia de que si se regala un gato éste no será buen
cazador. Y ese era el motivo por el que necesitábamos uno.
La casa donde crecí era de tres niveles, pero con un reducido espacio interior.
Más que cómodos, vivíamos apretados: mi madre, mi abuela, mi tío, su esposa, yo y el
reciente inquilino: un ratón. No importó que el felino tuviera pelaje negro. En cuanto mi
madre lo vio decidió nombrarlo Tomás. Cuando mi abuela descubrió que no era él,
sino ella, fue rebautizada como Soruya, y pasó a ser el séptimo habitante de la casa.
A pesar de que se le proveía alimento, la gata sucumbió a sus instintos y
empezó a salir a la calle, pero regresaba puntual a la hora de la comida y en la noche,
antes de que mi madre pusiera el cerrojo a la puerta. No tardó en quedar preñada. Su
primera camada nació en una caja de zapatos debajo de la cama.
Mi abuela tenía la creencia de que los gatos son animales misteriosos y nos
prohibió husmear la caja donde dio a luz. Sin embargo, mi curiosidad infantil fue
mayor. Un día que me quedé sola me agaché junto a la cama y jalé la caja. No me
resultó sorprendente lo que vi: sólo unas pequeñas criaturas, aún deformes y ciegas,
que succionaban de la panza de su madre.
Con desgano, la gata levantó la cabeza, y sus ojos, brillantes como un par de
gotitas de oro, se clavaron en mi rostro. Casi de inmediato volvió a la tranquilidad de
su siesta y yo acomodé la caja en su lugar. Más tarde, estábamos reunidos en la hora
de comida. Mi tía, a quien nunca le agradó la presencia de la Soruya, contaba la
historia de un niño que había ingerido un pelo de gato.
Dijo que ningún doctor pudo sacar el pelo, y falleció el niño. Cuando le hicieron
la autopsia, de su estómago extrajeron una masa del tamaño y la dureza de una
piedra mediana. Era el elemento piloso del animal, que creció dentro de sus intestinos.
Nadie hizo comentario alguno.
A dos años de vivir con mi tía, ya estábamos acostumbrados a sus historias
fantasiosas, pero que ella aseguraba eran verídicas. El silencio incómodo se rompió
por un maullido agudo y prolongado. Mi madre, apresurada, se dirigió a la habitación,
y yo tras ella. Me acerqué cuando sacó la caja debajo de la cama.
Adentro, una de las crías luchaba por sobrevivir. Con sus patitas delanteras
arrastraba únicamente la mitad de su cuerpo. La otra mitad había sido devorada por
su madre, que tranquilamente lamía sus bigotes. Por su buena suerte, la mitad de gato
murió a las pocas horas. Cuando la Soruya se vio liberada de la maternidad –luego
que regalamos a sus crías–, volvió a sus andanzas.
Meses después nació otra camada, pero esta vez, para mantenerla aislada, la
llevaron al tercer piso de la casa. Un día recibimos la visita de la familia de la esposa
de mi tío. Entre ellos, su hermana menor: una joven muy bonita, de piel muy clara y
cabello teñido en rubio. Cuando escuchó el maullido de la gata insistió en conocer a
las crías, nacidas pocas semanas antes. Nuevamente la regla de no husmear fue
incumplida por mi tía y su hermana.
Aquella segunda ocasión, al recordar la agonizante mitad de gato, contuve mi
curiosidad y me conformé con verlas subir hacia el tercer nivel. En la noche, cuando
los familiares de visita abordaban un taxi para marcharse, escuchamos un maullido
agudo proveniente de arriba. Al levantar la mirada vimos a la gata en el borde del
tercer piso sosteniendo en sus fauces una de sus crías.
Antes de que reaccionáramos, el pequeño animal se impactó en el suelo, y
murió al instante. Mi madre subió a detenerla, pero no alcanzó a impedir que su
siguiente víctima fuera arrojada. Este segundo gato sufrió la peor parte: sobrevivió al
golpe, y en las noches su chillante maullido de dolor no nos dejaba dormir. Nadie tenía
el valor de terminar su penoso sufrimiento. Hasta que, una madrugada, mi abuela se
levantó y con mano firme le retorció el pescuezo, por cuya benévola –aunque
drástica– acción terminó su prolongada agonía de casi una semana.
Esa fue la última vez que la Soruya tuvo crías. Aunque la llevamos a esterilizar,
no disminuyó su entusiasmo por salir a la calle. Sobre todo por visitar la fonda de
junto, donde hurtaba apetitosos trozos de carne. Hasta el día que tomó la porción
inconveniente, la que contenía el veneno. La gata agonizó con su vientre hinchado y
espuma brotando de su hocico y su cola. Yo no la vi. Mi tía me platicó que la
enterraron en el camellón de la carretera.
Dicen que los gatos negros auguran mala suerte. Mi abuela dijo que la gata
mató a sus crías porque fuimos a molestarla. Yo lo no creo. Pienso que las tragedias
son una coincidencia. Como la que hubo con las tres mujeres que importunamos el
ritual de maternidad de la gata. La hermana de mi tía quedó embarazada. Mucho se
murmuró que era producto de su relación con un hombre casado. Tal vez haya sido
cierto.
Por eso cuando sucedió el accidente, en su octavo mes de gestación, estaba
sola. Su madre la encontró desmayada, con una creciente mancha de sangre en su
entrepierna. En el hospital pudieron salvar su vida, pero no la del bebé. Nadie
comprendió lo que sucedió. Entre sollozos, la mujer dijo que era culpa del gato. —¡El
maldito gato!
Supuestamente, ella estaba descansando cuando escuchó el ruido de un
cristal romperse. Llegó a la cocina y encontró roto el cristal de la ventana, pero no vio
qué lo había ocasionado. Decidió regresar a su cama sin dar mucha importancia a la
ventana. Avanzó unos pasos, cuando debajo del refrigerador salió corriendo un animal
que se enredó en sus pies. Ella se tropezó y su vientre recibió el impacto del golpe.
Dijo que el gato gordo que ocasionó la caída se recostó enfrente de ella para,
con tranquilidad, limpiar su pelaje, mientras sus brillantes pupilas observaban los
intentos fallidos de la mujer por levantarse. Supimos esto de voz de mi tía cuando
regresó de visitar a su hermana en el hospital. Meses después, también mi tía quedó
embarazada, y decidieron mudarse. Me alegré. Nunca me gustó la exageración de su
plática. Tuvieron una niña, con la cual se instalaron en su nuevo hogar.
El único inconveniente era que en esa calle vivía un anciano que pepenaba
basura. A mi tío no le importaba esa circunstancia. Era su esposa quien se quejaba
del hombre y del gato que lo acompañaba. Dijo que el animal entraba a su casa con
intenciones de lastimar a su bebé. Mi tío desdeñó esa suposición. Estaba
acostumbrado a sus absurdos dramas.
Aconteció un domingo. Ella tendía la ropa cuando vio que el gato saltó la barda
y no pudo evitar que el animal corriera en dirección a su casa. Mi tío escuchó que ella
gritó que el gato llevaba una serpiente en el hocico, pero estaba distraído viendo un
partido de futbol, no tomó importancia a sus palabras, ni se percató cuando la mujer
salió corriendo con su hija en brazos.
No fue sino hasta que escuchó el rechinido del auto, y el consecuente golpe,
cuando se levantó del sillón. Abrió la puerta y vio que a mitad de la calle se
concentraba un grupo de gente, se acercó y descubrió los cuerpos de su esposa y de
su pequeña hija. La gente dijo que mi tía salió apresurada e histérica, que no se fijó al
cruzar la calle.
¿Y yo? Yo no tengo instinto materno. Lo descubrí esa tarde que viajaba en el
metro. Escuché el llanto de un bebé y sentí repulsión en el estómago. Por fortuna, la
madre descendió en la estación siguiente. Ahí subió una mujer con una caja de donde
se escuchaba el llanto de un gatito. Al oírlo me enterneció, me acerqué y vi que era de
color negro, la adopté y la nombré Tomasa.
Cuando la llevé a consulta para revisión, el veterinario me dijo que siempre que
las gatas entran en celo tienen todas las posibilidades de quedar preñadas. Pero,
contrario a lo que algunas personas argumentan al negarse a esterilizar a sus
mascotas, es parte de su instinto animal, no por el anhelo de ser madres.
Lo que sucedió a mi tía y a su hermana no fue por mala suerte, sólo accidentes
derivados de un descuido. Como la ocasión que, por prescindir de protección, quedé
embarazada. No todo fue mi culpa. Su incipiente erección no se sostenía. Me dio pena
ver sus intentos por mantener duro su pequeño pene. Él argumentó que era a causa
del condón. —No se siente lo mismo,— dijo. Y accedí a que se lo quitara.
Nunca le dije que acertó en mi útero. Sólo al médico que me recetó las pastillas
que expulsaron esas células que apenas llevaban cuatro semanas de vida.
La verdad, pocas veces siento remordimiento. Del aborto, no, sino por no estar
arrepentida de haberlo hecho.

Copyrigth. Liliana Ruiz. Residencia: Ciudad de Oaxaca, México.

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