Érase una vez por José N. Méndez

Ahí está de nuevo –le dijo a su hermano. —Sí –respondió éste, secamente. Siempre que le era posible, evitaba el escabroso tema. Cerró la puerta. La jornada siguiente se tomarían el día aprovechando que, debido a la temporada de caza, disminuía la afluencia de trabajo.
Habría tiempo holgado para, al menos, reorganizar el presupuesto, comprar algunos productos para la despensa… Últimamente, en ocasión de la inauguración de su negocio, la posibilidad de pagarle al sacerdote del pueblo para que fuera a bendecir el local dejó de parecerles descabellada.
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Esperaron hasta que la temperatura disminuyera y fuera seguro retirar la tapa de aquella caldera. Una vez logrado el propósito, intentaron mirar lo menos posible aquel espectáculo grotesco.
Miraba a su hermana como si ella fuese a concederle la expiación. Cuando él lo abrazó y pudo liberar su llanto, de algún modo pareció que lo hubiera hecho.
Tranquilo –le dijo suavemente. Era ella o tú. No había otra opción –agregó.
Completaron los ritos necesarios para darle una sepultura más o menos apropiada. No hubo demasiadas oraciones, ni lamentos. Estaban convencidos de que no los merecía. Con las plegarias que le dedicaron bastaría para que su alma eludiera la condenación.
En aquella zona humilde, saturada de bosque, se conoce poca gente. Tuvieron la mala fortuna de encontrarse con alguien que los hizo experimentar el peor de los miedos y, con sus malas artes, atestiguar horrores que toda su vida les habían sido ignotos. Pero de todo esto quedaría alguno bueno: al menos aquella pocilga en la que durante largos años habían vivido quedaría en el olvido.
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Martínez trató de hacerse entender en el mejor alemán que le fue posible para explicar a sus nuevos clientes las ventajas y las desventajas de convertir su vivienda en un local comercial, establecer un negocio, así como las opciones de empresa que, dadas las circunstancias y las características de su modesta morada, parecían ser las más indicadas.
Habría que invertir en la remodelación de espacios que el inclemente transcurso del tiempo había deteriorado, y posteriormente, con una apropiada publicidad, sin duda los beneficios a largo plazo serían superiores a lo que erogaran en ambos rubros.
No pudo evitar la mirada hacia la cruz que estaba colocada en el pequeño jardín en el cual crecían hermosos tulipanes. No hubo preguntas alusivas, ni intención alguna de los clientes en que les explicaran los pormenores del motivo. En tales incómodas circunstancias, Martínez se concentraba en pensar que obtendría una buena comisión, y ellos, un ingreso seguro.
Al ir hacia su auto le pareció escuchar un lamento, una quejumbre de esas que dejan paralizado. No; no le era comprensible. Siempre había manifestado cierta aversión a las zonas más o menos lejanas, casi desiertas, por las temibles historias que se cuentan de ellas. Respiró profundamente, abordó su vehículo y se fue, esperando que en mucho tiempo no fuera necesario regresar a aquel ominoso lugar.
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En un plazo breve, todo lo que su asesor de negocios había pronosticado se cumplió cabalmente. A su lujosa casa renovada, a mitad de un área hasta hacía unos meses prácticamente desconocida, la habían convertido en un museo dedicado enteramente a honrar la dulcería artesanal, los métodos de su fabricación y degustaciones.
Una selfie en la curiosa chimenea hecha de algodón de azúcar ameritaba un costo extra, que de buena gana pagaban los turistas, con tal de poder tenerla en sus álbumes de fotos.
El caldero se mantuvo en el mismo sitio. Tras varios fallidos intentos, nunca pudieron moverlo. Era como si, de repente, fuerzas ajenas a la voluntad de los forzudos varones los despojaran de energía. Cuando los visitantes preguntaban por él, decían que había sido un obsequio de la antigua dueña de la casa. En cierto modo lo era. Todo el sufrimiento de aquella anciana bruja se concentró ahí. En aquel objeto, todo su dolor se transmutó en vibra negativa.
A un visitante, un japonés veinteañero, cuando se acercó al caldero, le pareció escuchar un lamento. Discretamente lo retiraron de él y trataron de explicarle que, debido a la fauna del lugar, era normal escuchar uno que otro sonido poco familiar para quienes proceden de grandes urbes.
No, no. No cesarían aquellos lastimeros sonidos. Eso lo aceptaban como inevitable. El caldero no sería movido, permanecería ahí tanto como el odio que la hechicera había llevado consigo a la tumba. Perdurará tanto como el pacto de silencio de Hansel y Gretel.
José N. Méndez
Semblanza
José N. Méndez (Ciudad de México, 1986) es egresado de los talleres de crónica Historia oral y memoria colectiva y de creación literaria El lenguaje de la posibilidad. Ha colaborado en eventos culturales del Estado de México y de Ciudad de México. Actualmente es miembro de los colectivos artísticos Abigarrados y QABAC CHE.
Forma parte del equipo editorial en la revista Littengineer. Sus obras han sido publicadas en medios digitales e impresos de Argentina, España, Estados Unidos, México, Perú y Túnez, así como en diversas antologías internacionales de microrrelato y poesía. Hasta el momento ha publicado cuatro poemarios.
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